Noticias

Monitorizando el Magnetismo entre hielos

Monitorizando el Magnetismo entre hielos

Monitorizar tanto el campo magnético terrestre como el estado de la ionosfera cobra especial relevancia estudiar el magnetismo entre los hielos en la Antártida, donde el número de lugares en los que se llevan a cabo este tipo de medidas es muy pequeño, dada la escasa presencia humana en aquel vasto territorio helado. Esa fue la principal razón por la que a los pocos años de comenzar España sus actividades científicas antárticas y de inaugurarse la BAE Juan Carlos I, en isla Livingston, se iniciaran allí los estudios geofísicos, mediante la instalación y puesta en marcha de un observatorio geomagnético. Lo mantiene operativo, desde entonces, un grupo de científicos del Observatorio del Ebro; institución centenaria que depende en la actualidad del CSIC y de la Universidad Ramón Lull.

A poco más de 300 metros de los módulos de la base, en una pequeña colina que cierra por su parte sur la Caleta Española, varias casetas y una pequeña cúpula salpican aquel pedregoso enclave. Esos pequeños habitáculos, que en distintas fases se han ido instalando allí, desde mediados de los años noventa del siglo pasado hasta la actualidad, albergan instrumentos muy sensibles, que permiten tomar medidas absolutas del citado cambio magnético terrestre, lo que a lo largo de los años ha ido completando una valiosa serie de datos. Hasta esta última campaña, solo se podían registrar datos durante los tres o cuatro meses al año en los que la BAE Juan Carlos I está ocupada, ya que las medidas geomagnéticas absolutas requerían de una calibración manual de las mismas, con ayuda de un teodolito. A partir de este año, las cosas han empezado a cambiar, y va a comenzar a ser posible disponer de registros continuos, los 12 meses del año, de forma automática.

La principal misión del Proyecto AROMA, del Observatorio del Ebro, en la Campaña Antártica 2017-2018, ha sido la calibración del GYRODIF, un sofisticado e hipersensible magnetómetro que, si pasa los controles de calidad a los que ha sido sometido, permitirá el registro continuo y automático de datos absolutos del magnetismo terrestre en aquel remoto lugar de la Antártida.

El GYRODIF está protegido en el interior de un pequeño iglú construido ad hoc, dentro a su vez de una caja isoterma, calefactada gracias a unas resistencias eléctricas. Acceder directamente al aparato es una operación delicada, que requiere de dos personas, para levantar con mucho cuidado la parte superior de la caja y dejar el magnetómetro al descubierto. El día que acompañé a Miquel, calibró con suma delicadeza el magnetómetro, aflojando y apretando pequeños tornillos del soporte del instrumento, para corregir así pequeñísimas variaciones angulares en las medidas, que podrían desvirtuarlas. Con la base ya cerrada, el control del aparato se lleva a cabo de forma remota desde España.

La emisión de pulsos de ondas de radio, en un determinado rango de frecuencias, permite caracterizar la estructura vertical de la ionosfera en aquel lugar, y estudiar sus variaciones, lo que ayuda a entender mejor las interacciones físicas en el sistema Tierra-Sol. La Antártida no es un lugar restringido solo a glaciólogos, biólogos, geólogos o meteorólogos; los geofísicos también tienen su razón de ser allí.

Artículo publicado en Diario El País
Fotografía: Lyubomir Ivanov